Boyhood: la vida (o un cacho de ella) en una película

El cine ha tenido, desde sus inicios, una componente de impostura, de engaño, de trampa, de prestidigitación, realmente fascinante para el aquí firmante. Es la magia del cine, diría más de uno. Gene Kelly cantaba bajo la lluvia en una calle que no existía, con una fiebre terrible, y lo que le caía encima era agua mezclada con leche, para realzar el brillo… Y sin embargo compusieron algo mágico, vibrante, lleno de energía. Es uno de los miles de ejemplos de “magia” que plagan este arte del hombre tan especial.

Sin embargo, ‘Boyhood’ hace uso del cine para mostrarnos la evolución de la vida de una manera hiperrealista, porque la película está rodada durante 12 años, mostrando como los intérpretes crecen, o envejecen de manera auténtica, ante los ojos del espectador. El paso de la niñez a la edad adulta, el como el adulto que empieza a ser joven se asoma a la vejez. Confiere esta manera de hacer las cosas una extraña sensación de realidad, de cercanía, de complicidad con la galería de personajes realmente maravillosa.

Y el segundo efecto, aparte de la dilatación interpretiva, es el de un sentido de la narración sin complejos, que parte de una premisa sobre la que uno reflexiona a lo largo de la película. De tu vida quedan instantes, queda discretizada a puntos de inflexión, a situaciones, recuerdos, que marcan. Ese día que descubriste lo que le pasaba a tu madre, aquella canción de la que hablaba tu padre con los ojos brillantes, aquella bronca terrible, aquel momento en que uno fue feliz de una manera absoluta, sin importar lo sucedido antes o lo que viniera después. Los espacios que se abandonan, los objetos que se quedan atrás, las miradas llenas de amor, sentencias de un adulto que marcan la adolescencia, … Es ésa composición tan precisa en esta película, es tan sutil la elipsis continua a lo largo del film, que uno siente haber sido testigo de excepción de 12 años de la vida de ese niño de ojos azules, nada especial, que ni es un superdotado ni un superhéroe ni un niño malvado, que es como cualquiera de nosotros…

Regala Linklater esa concatenación de sucesos, como casuales fotos, con una cámara cercana, como si se tratase de un acompañante invisible. Al final, en un plano fijo poderoso y de una ternura única, intenta, usando la voz de su protagonista, justificarse. Sin ser un amante de lo explícito, me parece tan redonda la conclusión, que la acepto. Uno no atrapa los momentos de una vida, sino que los momentos lo atrapan a uno. Chapeau, Sr. Linklater.

 

El cuestionario del criticador:

Con quien ver esta película… Con cualquiera con un mínimo de sensibilidad

Lo mejor de la peli… Lo creíble que es todo, una extraña sensación de que es un mundo de verdad el que uno está viendo. Y el plano final, con unas miradas llenas de ingenuidad y de feliz inocencia.

Lo peor de la peli… algún personaje secundario aparece o desaparece de un modo un tanto imprevisto

Una nota… Un 9, porque viva el cine valiente, porque la vida puede ser maravillosa..

Un consejo… sumérjase en esta historia, y piense en su infancia y su adolescencia, y entenderá lo que le intenta contar la película. Y emociónese, sin complejos.

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